Psicología y Mediación

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lunes, 9 de julio de 2012

Separarse


"Tuve que matar a mi ex-pareja".
Esto me decía una amiga cuando me contaba sobre su ruptura de pareja y cómo se había sentido tras esta. Y su frase me impactó. Claro esta que “la mató” simbólicamente; me gustaba el termino “matar” que utilizó porque daba cuenta de la enorme energía que le exigía tener que intentar dejar de pensar en su ex, en qué había pasado entre ellos, que cosas sentía que había hecho mal para que el otro la dejase, que atributos imaginaba que poseía la nueva novia de su ex-pareja que ella no tenía, si volvería a sentirse amada y amando a otra persona,etc.
Con todo esto no es raro que tras una ruptura de pareja encontremos, en algunas personas, la necesidad de encontrar rápidamente a alguien con quien establecer una relación sexual. Verse atrapada/o en la intensidad del deseo, de la mirada del otro, del placer del contacto, el sentirse vitalizado, vivo, por la intensidad de la relación sexual (o , también hay que decirlo, por representarse una venganza hacia la otra persona que nos ha abandonado) es un fuerte antídoto, leve, que nos salva del dolor ante la pérdida.
El largo proceso requiere que nuestra mente, nuestra pasión, nuestros afectos puedan dirigirse hacia alguien que nos valore y nos aprecie como somos, a veces tan costoso como tener que “matar” a alguien dentro nuestro.

jueves, 31 de mayo de 2012

Rupturas de pareja


¿Qué hacer cuándo nos deja una pareja?
¿Qué hacer cuándo sabemos que nos ha dejado por otra persona o , que tras la ruptura, aparece otra persona?
Pienso que en primer lugar tenemos que ubicarnos, ante esta situación, ante el fenómeno del duelo y sus características más comunes: sentimientos de vacío, apatía, desgana, llanto incontrolado, falta de ganas de vivir, etc.
Y en segundo lugar, y lo que me parece muy importante, tenemos que llegar a comprendernos ante la pérdida y las funciones que esta pareja cumplía para nosotros. ¿Funciones? Me explico:
 ¿Era mi pareja una persona a la que yo cuidaba y de la cuál tenía que estar pendiente (de sus relaciones, de su trabajo, de la pareja en sí)? O sea, estar con esta persona me brindaba sentimientos de ser útil, de ser necesitado por el otro y la importancia de que la pareja dependiera de nosotros. Ahora que nos ha dejado ¿Cómo nos sentimos?
¿Era mi pareja una persona que me trasmitió que yo era lo más importante, que nunca me dejaría, que era la más bella/o (contrarrestando así sentimientos propios donde me sentía poco deseado, poco aceptado, poco querido)?
Así, probablemente, me llene de sentimientos de vacío, me embargue al sensación de que no podré conseguir otra persona que me de afect, como si el otro se hubiera llevado lo mejor de mi.
¿O fui , con mi pareja, una persona que dejó sus relaciones de amistad para acoger las de él/ella, dejé las relaciones familiares propias para adaptarme a su familia y sentirme parte de ella?
Seguramente sienta ahora, en que nos han dejado, que nuestro entorno ha quedado despoblado, pobre y  que tengo la necesidad de reiniciar, regenerar mis relaciones y mis vínculos e intentar, poco a poco, repoblar mi mundo (con mis emociones, con mis sentimientos, con mi familia, con mis amigos).

jueves, 15 de marzo de 2012

Emigrar

Qué diferente era todo cuando llegamos.
Nuestros países de origen ardían en crisis enormes (algunos casi literalmente) y venir a España no era sólo una decisión acertada sino, incluso, lógica.
Han pasado años y nuestra mente, en algunas personas más que en otras, se fue haciendo la idea de que esta España sería “nuestra nueva casa” (ganando nuevos amigos, conociendo nuevos lugares, absorbiendo las nuevas formas de vida). Resolvíamos entonces la eterna tensión de la emigración con el argumento de que a “nuestros antiguos países” no se podía volver, era imposible, “están muy mal”.
Crisis en España. (¿Quién no pensó, sean honestos, que estas malditas crisis le persiguen a uno de manera implacable?).
Y ahora… ¿Qué hace nuestra mente para gestionar  la tensión de la nostalgia?
Debemos reconocer que entre los que llegamos no todos somos iguales y no llegamos con las mismas expectativas y proyectos futuros; pienso en aquella madre ecuatoriana que juntaba euro a euro para poder enviar a Ecuador y terminar su casa, un proyecto de emigración con fecha de regreso; pienso en la familia colombiana que dejó un terrible pasado ( de secuestros, de violencia) y que la resolución de la crisis en España nunca implica un volverse sino en buscar un nuevo espacio, con nuevas expectativas de futuro; pienso en el profesional argentino que se vino “dejando atrás tierra quemada” y que expresa, con rotundidad, que no volvería “nunca más”. No me siento reflejado en ninguno de ellos. Admito, me he quedado sin coartada.
¿Qué hace mi mente para gestionar ahora la tensión de la nostalgia?
“Me vuelvo” podría decirme a mí mismo. Pero ya dijimos que llevamos años construyendo la “idea” de una nueva identidad, no es cuestión de deshacerla en un segundo y menos cuando,  conocedores de estos temas, sabemos que hay mucho idealizado… ¡como cuándo vinimos a España!
 ¿Y si volviera? ¿Qué ocurriría? Tzvetan Todorov, en su libro “El hombre desplazado”, nos cuenta sus vivencias en torno a la “visita” que hace a su país de origen, Bulgaria, tras 18 largos años en París:
“El exiliado de regreso al país natal no se asemeja en nada al extranjero de visita, ni siquiera al extranjero que él mismo fue al comienzo de su exilio”.  “Cuando llegué a Francia, en 1963, ignoraba todo de este país.” “Llegó el día en que tuve que admitir que ya no era un extranjero, al menos en el mismo sentido que antes”. “De un día para otro (el exiliado que regresa) descubre tener una visión del interior de dos culturas, dos sociedades diferentes. Me bastó encontrarme de nuevo en Sofía para que, inmediatamente, todo volviera a serme familiar, ahorrándome así los procesos de adaptación preliminares. Me sentía tan cómodo en búlgaro como en francés y tenía el sentimiento de pertenecer a las dos culturas a la vez”.
Pudiera parecer en un comienzo una situación favorable pero el autor nos responde que no. Que su visita a Sofía le significó “días de malestar y opresión psíquica”. Nos explica que, en primer lugar,  sus valores habían ya cambiado, no era lo mismo el nacionalismo en Francia que en Bulgaria. En segundo lugar :
“Este malestar se reprodujo bajo otra forma en las conversaciones con mis amigos en Sofía. Por ejemplo, alguien se quejaba de las condiciones de su vida. Cuando oigo las mismas quejas en París, puedo recurrir ante mi interlocutor a toda clase de sugerencias, que serán más o menos convincentes pero que, por estar basadas en un horizonte en común, le inducen a escucharme. No ocurría así en Sofía. Si yo trataba de ponerme en la “piel” de mi interlocutor, luego también en la de mi personaje búlgaro, proponía soluciones específicamente “búlgaras” a su problema. Sentía entonces que este me oía con desconfianza: `Si las cosas fueran tan fáciles´, parecía decir su silencio reprobador (cuando no su voz),  ` ¿por qué no te quedas aquí para probar tu propio remedio?´.
¿Volver o no volver? Lo que queramos, con la condición de aceptar que ambos procesos exigen de nosotros un trabajo psíquico de importancia.
“…los antiguos amigos con los que me encontraba me decían: `no has cambiado absolutamente nada. Eres exactamente el mismo´. No me complacía oír eso. Era una forma de negar los dieciocho últimos años, de hacer como si no hubieran existido, como si yo no hubiera adquirido una segunda personalidad”.
Citando  un cuento de Henry James, Todorov se pregunta “¿Qué habría sido de mí, que habría podido llegar a ser si me hubiera quedado en mi país?”. La pregunta, regresando, actúa también en sentido inverso ¿qué habría sido de mí si me quedaba en España?
¿Entonces? Si queremos seguir adelante en este largo proceso de construcción de nuestra identidad en España no nos queda más que asumir que deberemos atravesar las crisis como atravesamos las épocas de bonanza, con sus dificultades y dolores. Puede parecer agotador (y la tentación de ir a “la tierra prometida” es fuerte), pero las expectativas a construirnos de manera más rica y plural es un buen incentivo.
Si queremos volvernos tendremos que saber que ya no somos los mismos, que nos espera un nuevo proceso de transculturación (la adquisición de un nuevo código sin pérdida del antiguo), una nueva adaptación que nos permita, sin borrar los años de emigrantes, demostrar y demostrarnos que hemos vuelto más viejos… y más sabios.
*Artículo publicado originalmente en www.argentinos.es
Miguel M. Pedano
-El hombre desplazado, de Tzvetan Todorov. Editorial Taurus. 2008.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Pensar al otro

Ayer entró un hombre en el bar donde me encontraba. Estaba sucio, barba de días, y estaba alerta. Le dijo al camarero que ya pediría algo, miró la comida que estaba en la barra, abriendo la puerta para salir gritó muy fuerte "¿Aquí para el autobús?" y se fue dando un portazo.
En la parada del autobús, a escasos metros del bar, lo vi hablándole casi a gritos a un joven con auriculares que le prestaba escasa atención. "¿Aquí para el autobús?...me puede contestar....¿aquí para el autobús?".
Me quedé mirándolo hasta que paró un autobús y subió.
Le dijo a la conductora que ya le pagaría, que le había entrado una basura en el ojo...se tapaba los ojos...como hacen los niños esperando hacerse invisible a los otros.
Para mi sorpresa la conductora se levantó y le exigió que bajase. Se puso más nervioso, se fue al fondo del autobús y empezó a pedir a los pasajeros que había en ese momento que le pagaran el billete. Cuando la conductora le cogió del brazo este se aferró al pasamanos y empezó a gritar que no se bajaría, que seguiría en el autobús.
Yo no creo siquiera que supiera cuál era el recorrido de esa línea y a dónde quería ir.Me ofrecí a pagarle el billete; "si , gracias, gracias..págueme el billete" exclamó.
La conductora me increpó y me exigió que no lo hiciera. Marqué el billete y me bajé. Con enfado la conductora me decía que eso no se podía hacer, que esta persona no tenía el billete. Sólo pude, en mi desconcierto, decirle "no ve que no está bien de la cabeza?".
No quiero decir nada sobre la conductora y si debería haber dejado o no pasar a esta persona al autobús. No, no es el tema.
Lo que me pregunto es por qué nos cuenta tanto acomodarnos al otro, por qué nos cuesta mirar al otro, ponernos en su mente, imaginarnos que es lo que puede estar pensando y sintiendo, ajustarnos al otro. Una persona con trastornos mentales, una persona mayor, un niño exigen del adulto el esfuerzo en pensar que puede estar pensando, sintiendo, viviendo y, en caso de que no sea posible hacer este ejercicio, será necesario pensar que esa persona con trastorno mental puede ser nuestro hermano, esa persona mayor nuestro padre, ese niño, nuestro hijo.
Esto no es baladí. La capacidad más específica de nosotros está en juego.

jueves, 2 de febrero de 2012

El odio rencoroso y vengativo

Esto puede sonar extraño, pomposo, alarmante. “Hay  que estar muy mal para sentir eso”, se podría pensar. Pero no, no es así.
Personas que sufren del odio rencoroso y vengativo es más frecuente de lo que se puede pensar. Veámoslo en un ejemplo.
Alguien (una persona cercana, un conocido, una familiar, un amigo, la pareja) nos dice o hace “algo” que nos ofende, nos frustra, nos humilla, nos hiere; desde aquí el sentimiento de humillación y rabia van en aumento. En nuestra mente no dejan de sucederse, una y otra vez, la misma escena en la que nos dañaron y  si surge alguna modificación (donde nos vemos a nosotros mismos atacando al otro, vengándonos, dejándole en ridículo al que nos humilló) esta no tarda en “darse vuelta” y otra vez (ese otro todopoderoso para nuestra mente) nos vuelve a humillar.
Es llamativo que las personas que sufren (destaco el sufrimiento) de odio rencoroso y vengativo expresen estas vivencias de odio como “echar fuego”, algo que les quema por dentro, “escupir bilis negra” o el “clavar alfileres al otro”.
Pao, un autor destacable en este tema, propuso una de las funcionalidades del odio rencoroso y vengativo: “odiar es sentir algo, lo cual es mucho mejor que sentirse con falta de propósito, vacío, amorfo o abrumado por ansiedades. El odio rencoroso y vengativo puede transformarse en un elemento esencial del cual deriva un sentido de mismidad y sobre el cual uno formula su propia identidad”. “No quiero odiar pero tengo que hacerlo. Si no soy una persona que siente odio, no soy nadie. Y no quiero ser nadie”
Entre las posibles causas del odio rencoroso y vengativo varios autores (A.Morrison, Broucek) sugieren que niños víctimas de abuso, tratados con arrogancia y desprecio siente una vergüenza punzante, hiriendo su autoestima y sintiéndose vulnerables a situaciones de la vida diaria. En definitiva, sintiéndose impotentes. El odio rencoroso y vengativo es, por decirlo así, el antídoto ante la impotencia que genera la vergüenza.
Aunque parezca difícil el odio rencoroso y vengativo tiene cura, eso si, con un trabajo terapéutico arduo.


-Pao N (1965). The role of hatred in the ego. Citado por Joseph Lichtenberg y Barbara Shapard en el artículo “El odio rencoroso y vengativo y sus recompensas: una visión desde los sistemas motivacionales”. Revista de Psicoanálisis Aperturas, Nº 8 de Julio 2001.

miércoles, 11 de enero de 2012

El parto, una experiencia única.

No quiero escribir ahora sino sobre un aspecto del parto, uno de los más importantes, junto a la madre,...el bebé.
Tras el embarazo y sus fuertes expectativas,ansiedades y miedos (especialmente aquellos que en nuestra mente representan al bebé en peligro y nos mantienen en un estado de alerta insoportable) se produce esto de lo que quiero hablar: el bebé aparece ante nosotros perfecto, lo sostenemos y , aunque la interacción puede parecer imperceptible (el calor del cuerpo, el olor, el gimoteo del bebé) ¡ahí está!. Cubrimos al bebé de toda nuestra disposición emocional a tal punto que este amor nos quema, nos duele...nos quema porque nos cuesta imaginarnos la vida sin él, que pudiera ocurrirle algo, estamos totalmente dependientes del bebé, todo nuestro ser.
No es raro que suceda esto. Nuestra especie nos predispone al cuidado del niño que depende totalmente de nosotros.Y no es extraño tampoco que, estando tan dependientes con el bebé, otras relaciones (y en especial la pareja) sufran tan fuerte desgaste , sobre todo, durante el primer año.
Este enamoramiento, este amor que quema, se irá diluyendo con los años. Por necesidades del niño.Y por necesidad de los padres.