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jueves, 15 de marzo de 2012

Emigrar

Qué diferente era todo cuando llegamos.
Nuestros países de origen ardían en crisis enormes (algunos casi literalmente) y venir a España no era sólo una decisión acertada sino, incluso, lógica.
Han pasado años y nuestra mente, en algunas personas más que en otras, se fue haciendo la idea de que esta España sería “nuestra nueva casa” (ganando nuevos amigos, conociendo nuevos lugares, absorbiendo las nuevas formas de vida). Resolvíamos entonces la eterna tensión de la emigración con el argumento de que a “nuestros antiguos países” no se podía volver, era imposible, “están muy mal”.
Crisis en España. (¿Quién no pensó, sean honestos, que estas malditas crisis le persiguen a uno de manera implacable?).
Y ahora… ¿Qué hace nuestra mente para gestionar  la tensión de la nostalgia?
Debemos reconocer que entre los que llegamos no todos somos iguales y no llegamos con las mismas expectativas y proyectos futuros; pienso en aquella madre ecuatoriana que juntaba euro a euro para poder enviar a Ecuador y terminar su casa, un proyecto de emigración con fecha de regreso; pienso en la familia colombiana que dejó un terrible pasado ( de secuestros, de violencia) y que la resolución de la crisis en España nunca implica un volverse sino en buscar un nuevo espacio, con nuevas expectativas de futuro; pienso en el profesional argentino que se vino “dejando atrás tierra quemada” y que expresa, con rotundidad, que no volvería “nunca más”. No me siento reflejado en ninguno de ellos. Admito, me he quedado sin coartada.
¿Qué hace mi mente para gestionar ahora la tensión de la nostalgia?
“Me vuelvo” podría decirme a mí mismo. Pero ya dijimos que llevamos años construyendo la “idea” de una nueva identidad, no es cuestión de deshacerla en un segundo y menos cuando,  conocedores de estos temas, sabemos que hay mucho idealizado… ¡como cuándo vinimos a España!
 ¿Y si volviera? ¿Qué ocurriría? Tzvetan Todorov, en su libro “El hombre desplazado”, nos cuenta sus vivencias en torno a la “visita” que hace a su país de origen, Bulgaria, tras 18 largos años en París:
“El exiliado de regreso al país natal no se asemeja en nada al extranjero de visita, ni siquiera al extranjero que él mismo fue al comienzo de su exilio”.  “Cuando llegué a Francia, en 1963, ignoraba todo de este país.” “Llegó el día en que tuve que admitir que ya no era un extranjero, al menos en el mismo sentido que antes”. “De un día para otro (el exiliado que regresa) descubre tener una visión del interior de dos culturas, dos sociedades diferentes. Me bastó encontrarme de nuevo en Sofía para que, inmediatamente, todo volviera a serme familiar, ahorrándome así los procesos de adaptación preliminares. Me sentía tan cómodo en búlgaro como en francés y tenía el sentimiento de pertenecer a las dos culturas a la vez”.
Pudiera parecer en un comienzo una situación favorable pero el autor nos responde que no. Que su visita a Sofía le significó “días de malestar y opresión psíquica”. Nos explica que, en primer lugar,  sus valores habían ya cambiado, no era lo mismo el nacionalismo en Francia que en Bulgaria. En segundo lugar :
“Este malestar se reprodujo bajo otra forma en las conversaciones con mis amigos en Sofía. Por ejemplo, alguien se quejaba de las condiciones de su vida. Cuando oigo las mismas quejas en París, puedo recurrir ante mi interlocutor a toda clase de sugerencias, que serán más o menos convincentes pero que, por estar basadas en un horizonte en común, le inducen a escucharme. No ocurría así en Sofía. Si yo trataba de ponerme en la “piel” de mi interlocutor, luego también en la de mi personaje búlgaro, proponía soluciones específicamente “búlgaras” a su problema. Sentía entonces que este me oía con desconfianza: `Si las cosas fueran tan fáciles´, parecía decir su silencio reprobador (cuando no su voz),  ` ¿por qué no te quedas aquí para probar tu propio remedio?´.
¿Volver o no volver? Lo que queramos, con la condición de aceptar que ambos procesos exigen de nosotros un trabajo psíquico de importancia.
“…los antiguos amigos con los que me encontraba me decían: `no has cambiado absolutamente nada. Eres exactamente el mismo´. No me complacía oír eso. Era una forma de negar los dieciocho últimos años, de hacer como si no hubieran existido, como si yo no hubiera adquirido una segunda personalidad”.
Citando  un cuento de Henry James, Todorov se pregunta “¿Qué habría sido de mí, que habría podido llegar a ser si me hubiera quedado en mi país?”. La pregunta, regresando, actúa también en sentido inverso ¿qué habría sido de mí si me quedaba en España?
¿Entonces? Si queremos seguir adelante en este largo proceso de construcción de nuestra identidad en España no nos queda más que asumir que deberemos atravesar las crisis como atravesamos las épocas de bonanza, con sus dificultades y dolores. Puede parecer agotador (y la tentación de ir a “la tierra prometida” es fuerte), pero las expectativas a construirnos de manera más rica y plural es un buen incentivo.
Si queremos volvernos tendremos que saber que ya no somos los mismos, que nos espera un nuevo proceso de transculturación (la adquisición de un nuevo código sin pérdida del antiguo), una nueva adaptación que nos permita, sin borrar los años de emigrantes, demostrar y demostrarnos que hemos vuelto más viejos… y más sabios.
*Artículo publicado originalmente en www.argentinos.es
Miguel M. Pedano
-El hombre desplazado, de Tzvetan Todorov. Editorial Taurus. 2008.

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